jueves, 24 de octubre de 2013

Reconocimiento tardío a Di Benedetto

                                                                   Una obra única y luminosa

El 10 de octubre de 1986, a los 64 años de edad, moría solo y olvidado uno de nuestros mayores escritores. Estas palabras, que podrían confundirse con las de un texto romántico de finales del siglo XIX, nada tienen de ficción: aquel remoto viernes de octubre de 1986, en la cama 6 del sector 14 del Hospital Italiano, moría Antonio Di Benedetto.

Acaso antes de ingresar a ese último sueño que, dicen, antecede a la muerte, habrá visto sus días en Mendoza, donde había nacido, donde había escrito Zama y donde hasta el 24 de marzo de 1976 era subdirector del diario "Los Andes". Horas después del golpe cívico-militar, Di Benedetto fue detenido por los verdugos de la Junta que a lo largo de ocho años iba a aterrorizar al país. Jamás supo las causas de esa detención; se murió sin saberlo. Escribió: “Creo que nunca estaré seguro de que fui encarcelado por algo que publiqué. Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho qué exactamente. Pero no lo supe. Esta incertidumbre es la más horrorosas de las torturas”. Fue excarcelado el 4 de septiembre de 1977, pero a condición de que abandonara la Argentina. Francia fue el primer puerto de su largo exilio; después de vagar por otros países, se instaló en Madrid.

A la tortura de aquella pregunta sin respuesta se agregó la desventura del exilio. De golpe, se encontró viviendo el mismo horror que había imaginado para don Diego de Zama, el protagonista de su inmensa novela. “De Zama —dijo— primero tuve claramente el final. Pensé: y ahora qué le pongo adelante? Me dije: este final es la consecuencia de algo... Tengo que descubrir lo que hay adelante. Adelante estaba yo o el que creía ser yo o el imaginado yo. El yo que estaba descubierto era ese hombre angustiado, en una espera desesperada”. “A las víctimas de la espera”, anuncia la dedicatoria de esta novela en la que don Diego de Zama, ese ser ”solitario, aislado, patéticamente incómodo e inferior”, aguarda el nombramiento que pueda llevarlo a Lima, Santiago de Chile o Buenos Aires; esa espera se demorará por nueve años. Exactamente el mismo tiempo que desde el exilio Antonio Di Benedetto aguardó el retorno de la democracia. El nombramiento para don Diego de Zama jamás llegó, pero sí la democracia para Antonio Di Benedetto. Era el fin del exilio, el retorno tan esperado. Le habían prometido el oro y el moro. No sabemos el moro, el oro jamás lo consiguió. Para sobrevivir tuvo que ejercer cinco diferentes trabajos: taller de literatura, colaboraciones para “La Razón", asesorías para el gobierno de Mendoza, para el Instituto Nacional de Cinematografía y para la Secretaría de Cultura de la Nación. Aunque cueste creerlo, uno de los mayores escritores vivos en lengua española, con once premios internacionales sobre sus espaldas, obtenía de la Secretaría de Cultura un sueldo inferior al que cobraba un aprendiz de barrendero.

Los partes médicos dicen que lo mató un derrame cerebral. Esos partes nada dicen del olvido y de la incomprensión. El propio Di Benedetto sabía mucho de eso. “¿Hasta qué punto me estimo a mí mismo como para pretender ser estimado por los demás?”, confesó alguna vez, y, con la impiedad y franqueza que lo caracterizaban, agregó: “Yo invito a cada ser, a cada hombre, a que grabe sus palabras y sus pensamientos, desde que su mente se despeja por la mañana hasta que se reposa. Invito a que se vigile, se analice. Verá cuántas maldades, juegos, intereses ha puesto en acción para sobrevivir ese día, es decir, no la eternidad sino una miseria de 24 horas”.

Zama apareció en 1956, un año después de que lo hiciera Pedro Páramo, otra novela esencial para la literatura en lengua española. El mexicano Juan Rulfo fue reconocido de inmediato en Europa y América, con el argentino Antonio Di Benedetto demoraron un poco más. A comienzos de los años 70, en Francia, en Alemania y en España se leían y estudiaban sus textos. No sucedía lo mismo en nuestro país. Hubo unos pocos adelantados —Juan José Saer destacó la singularidad de la lengua con la que está contada Zama, Noé Jitrik señaló que don Diego de Zama bien podría ser el arquetipo de esos americanos que por imaginarse en Europa desdeñan a su propio continente—, pero cada vez que había que hablar de las novelas que honran a nuestra lengua, Zama no estaba en la lista. El olvido parece ser una costumbre nacional.

Casi como dibujando su inmediato destino, Di Benedetto supo escribir: “Para morir quisiera un lugar donde nadie me reconozca” y no es casual que el libro que publicó antes de morir se llame Sombras nada más. Hoy, a un cuarto de siglo de esa muerte, las piezas comienzan a acomodarse: los textos de Di Benedetto se investigan y estudian en diversas cátedras universitarias.

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